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Jueves, 9 Septiembre 2010
CULTURA

He Muerto (Poema)

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Abrazo mi corazón en las madrugadas de frío.

Protejo mi alma con una coraza que inspira terror.

Los ángeles lloran de impotencia.

No existen cánticos celestiales.

El infierno está más frío que el invierno.

Los mares se rebozan de aguas dulces.

Las montañas son llanas.

Los paisajes pierden su verdor.

El agua no quita la sed.

No hay tiempo para nada.

El año olvidó su estación.

La tierra no gira.

No siento mis piernas.

Algo blanco cubre mis ojos.

Mi cuerpo está frío.

No respiro.

¡Oh! Mi corazón se detuvo.

Creo que estoy muerto.

Última actualización el Martes, 07 de Septiembre de 2010 07:05
 

Soliloquio del Río (Cuento Breve)

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Soy de agua, con la arena, las piedras y las hojas que caen de los árboles en mis orillas. Soy de agua, sin ellos no existo.

Me han arrebatado todo eso, pero ahora estas lluvias me han hecho renacer. Siento como el agua corre con un ímpetu casi olvidado, y a la arena protectora acomodándose en mí, evitando que mi lecho asolado absorba ese líquido vital.

Me regodeo en esta abundancia que hace mucho tiempo no sentía y oigo en mis honduras el topeteo alegre de las piedras, creando coquetas espumas.

Ahora de nuevo me siento ser un río, llevando en mi corriente ramas traviesas, porque no lo era aquel árido camino zigzagueante que daba pena mirar, con los secos pedruscos ardiendo al sol, porque un río sin caudal de vida no lo es.

Han caído torrentes de lluvia, los que llevo enardecido sin detenerme, y siento pesar por el daño involuntario que a veces causo al desbordarme, pero a la vez temo a cuando cesen y que esas aguas que soy ahora se vayan perdiendo en el mar o evaporándose a causa de esos rayos candentes que no me tienen pena. 

Ya no están mis orillas arboladas, las que con su sombra aminoraban el poderío del sol, protegiéndome solidarias, ni ya quedan raíces que sostengan ese precioso líquido del que estoy hecho y que iba llegando poco a poco hasta mí ayudando a aminorar mi caudal.

Es esta una euforia momentánea que quiero vivir con estas lluvias que me han devuelto algo de mis fuerzas y me han ayudado a arrastrar de mis riberas esa basura odiosa que hace aún más tétrico mi desamparo.

Como quisiera quedar con esta líquida abundancia, apresar este tesoro, retratar el cielo y darme a tantos que necesitan de mí.

Voy a vivir a plenitud este renacimiento que me llena de vida porque pronto volverá la aridez y la soledad, y entonces esperaré otra vez que vuelva con las lluvias esta mentira del renacer.

 

-Dedicado al Río Nigua y todos los ríos del mundo.-

Última actualización el Sábado, 31 de Julio de 2010 07:01
 

Ricardo Vega publica libro de cuentos

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“El hombre del sombrero negro” es la nueva producción literaria del escritor, periodista y publicista Ricardo Vega, quien con este nuevo libro reafirma con éxito su incursión en el género del cuento corto.

El libro es parte de una colección narrativa compuesta por 12 ejemplares, impresos en formato de bolsillo, cubierta a todo color, para su ágil lectura.

En éste, el número 2, Vega reúne 28 relatos breves en una mezcla de realismo y ficción, tal como sucede con el cuento que da nombre a la obra.

“Era tan flaco y desgastado que al dormirse bajo las columnas que sostenían el puente, los transeúntes lo confundían con un realengo”, así empieza el autor el cuento “El hombre del sombrero negro”, con una sutil manera de recrear lo cotidiano con el mito, dando color y vida a un personaje cuyas apariciones y desapariciones tenían y tienen como escenario el puente de la avenida Las Américas con San Vicente de Paúl.

Ricardo Vega lleva varios años trabajando la narrativa breve con bastante acierto, logrando cosechar reconocimientos y menciones en diferentes concursos literarios del país. Su destreza periodística le ha permitido pasar de un género a otro como sucede con sus dos obras publicadas: “Almas errantes”, relatos (1998), y “Hato Mayor: pasado, presente y futuro”, ensayos (2002).

 

Siete Días con el Cuento

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Un Cristo de José Pelletier: Levitación-Ascención en Busca del Sentido Prístino

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Pintar a Cristo siempre constituye una aventura esencial que da sentido al pincel, el lienzo y los colores.  La identidad artística se nutre de esta experiencia que de seguro debe resultar apasionante al tratar de insertarse en el signo crístico: Redención que nos libera del poder insoslayable del pecado para inaugurar la dimensión de la Vida Eterna en un perpetuo aquí-ahora desbordado en una plenitud certera.  Porque pintar a Cristo es vida y vida en abundancia en la búsqueda inextinguible del sentido enclaustrado en el Dios hecho Hombre para la salvación de una Humanidad caída, entenebrecida por las argucias satánicas del pecado.

José Pelletier acepta el desafío y nos presenta a un Cristo levitando, ascendiendo, con un borbotón de sangre que produce catarsis visual enraizándose en símbolos primitivos como la cruz y el pez mediante la inquietante pulsación del pincel que no cesa de experimentar el vértigo de la verdad cristiana.  Aquí Cristo asciende, levita, y en Su hallazgo se produce una tensión entre la sangre brotando violentamente de Su costado y los brazos en señal de victoria de un Cristo en movimiento.  Y este movimiento se percibe como milagro visual con la perspicacia gráfica de un Pelletier que logra producirlo con maestría y genialidad a partir de una intensidad simbiótica entre la materia y el Espíritu.  Cristo matérico; Cristo-Espíritu.  Movimiento vertical de Cristo glorificado; movimiento oblicuo del borbotón de sangre que nos despierta del letargo y la cauterización en pos de un instante iluminador de carácter salvífico.  He aquí el sentido íntimo de la genialidad y la maestría de Pelletier en un lienzo valioso en su perfil intrínseco revelador de intimidad y expresividad síncronas. 

Pintar a Cristo es arte que deslumbra.  Es arte convertido en apostolado y sacerdocio.  Es deshilvanar mitos para crear el símbolo.  Es detener el tiempo hasta desbrozar el alba.  Es intimismo poético que nos acerca a una expresión prístina más allá de la cotidianidad obtusa para insertarnos en la abstrusa realidad de la dimensión del Espíritu.  Así el Cristo de Pelletier se convierte en legado posmoderno a partir de sus iconos primitivos.  Es un despertar.  Un deslumbramiento semiótico que nos produce vértigo.  José Pelletier ha dejado su huella en el lienzo para que podamos ser testigos de un Cristo levitando y un borbotón de sangre encuadrado en su hermenéutica personal crística que en su justa dimensión valoramos, tomándola como indicio inmarcesible de fe cristiana.

 


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